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07

Oct

Asís por Escanlar.

Reivindicación de Asìs


por Gustavo Escanlar
Jorge Asís fue uno de los responsables de mi amor por la literatura. Uno de los primeros libros que llegué a leer entero fue “Flores robadas en los jardines de Quilmes”. Me ayudó a descubrir un estilo de literatura alejado del canon que me habían enseñado en el liceo. Era una literatura bastante más cercana a lo que me pasaba, a lo que pensaba, al modo en que decía lo que pensaba. Tardío adolescente indolente, como era yo en aquella época, me podía identificar más con los personajes de Asís —porteños, cándidos, chantas, perdedores— que con Fausto o Don Quijote o la cólera de Aquiles. Con Jorge Asís, por los años ’80, descubrí el tipo de literatura que quería leer. Y que quería escribir. Asís es uno de los culpables de que ustedes estén leyendo esto.
Siguió, prolífico, escribiendo libros. Y nunca me decepcionó. “La manifestación”. “Los reventados”. “Carne picada”. “Cuadernos del acostado”. Y, sobre todo, “Diario de la Argentina”. Allí, Asís cuenta, con ternura, imaginación y crueldad, sus días como columnista de “Clarín”, donde escribió con el seudónimo de Oberdán Rocamora aguafuertes al estilo de Roberto Arlt, “la ventana por la que respiraba el diario”. Ese libro, excelente, le valió la proscripción eterna del “diario de la Argentina”.
Asís cometió un pecado: el pecado de ser exitoso y leído en tiempos dictatoriales. Y de decir lo que se le ocurría sin censuras ni corrección política. Por eso fue marginado y ninguneado durante el gobierno alfonsinista. Eran tiempos de intelectuales progresistas y bienpensantes, sufrientes y perseguidos. Todos eran Luises Brandonis. Asís no era bien mirado, ni por el oficialismo cultural ni por la academia intelectual. Era best seller, era masivo, era popular, era inferior. Toda la gente que compró “Flores robadas…” estaba equivocada. En la primavera democrática, Asís fue marginado. Condenado a un ‘exilio personal’ que describió, magnífico, en “Cuadernos del acostado”.
Con Menem, Asís vivió mejor. Fue embajador ante la Unesco, secretario de Cultura de la Nación y embajador en Portugal. Segundo pecado de Asís: haber sido menemista, y encima, funcionario. Los snobs intelectuales porteños, que seguían discutiendo cuestiones tan urgentes como la esencialidad del neo­barroco, siguieron ninguneándolo sin culpa.
Asís fue, también, contertulio de Sofovich en “Polémica en el bar” y especialista mediático en el horóscopo chino (pecados números tres y cuatro, obviamente).
Pero Asís nunca dejó de ser un lúcido intelectual. Alguien que, con sus idas y vueltas, supo mirar la sociedad argentina más allá del discurso único y de la corrección política falsamente progresista. A diferencia de muchos, siguió apoyando a Menem aun en sus peores momentos. Y abandonó el peronismo cuando Kirchner pretendió convertirlo en parte de su patrimonio personal. Y es uno de los pocos intelectuales que usa, sabiamente, la informática para hacerse escuchar, con el mismo humor y la misma valentía que mostraba en sus libros. En su sitio jorgeasisdigital.com, usa varios heterónimos para escribir sobre lo que ocurre en Argentina. De ese portal sale su nuevo libro, “La elegida y el elegidor. Apogeo e implosión del kirchnerismo”. Recopilación de sus columnas, el libro aprovecha para hablar del matrimonio presidencial argentino. Asís, con sus vastos recursos literarios, disfruta y ríe. Y sufre. Disfruta y ríe, porque el elenco político argentino tiene personajes dignos de una comedia de enredos (la elegida y el elegidor asistidos por una “fila imprevisible de felatiadores”). Sufre porque, al fin y al cabo, es su país, un país por el que se jugó, en el que escribió y militó. Asís se burla —y sufre— del matrimonio presidencial, en el que “Kirchner provoca un golpe de estado conyugal”. Se burla, de paso, del elenco de “filósofos” e “intelectuales” que rodean a los Kirchner como Tomás Abraham, José Pablo Feinmann y Horacio Verbitsky. Asís se burla —y sufre— de este gobierno que cataloga “neomontonerista”. Con conclusiones y afirmaciones tajantes, arbitrarias, pero que siempre se prestan a la discusión y a la reflexión: “… tantos sobrevivientes del conglomerado trágico de la izquierda revolucionaria dedicaron, la mayor parte de su vida útil, a la Dictadura Militar. Le brindaron más tiempo, incluso, que a la idílica Revolución que impulsaban. Primero, desde el fragor de la militancia, para gestarla. Segundo, para padecerla, desde la prisión o el exilio. Tercero, para denunciar los excesos de la represión, y producir los excesos de la reparación. El resultado fue el congelamiento de la Historia”. Un fenómeno, Asís.
Si a usted no le interesa la política argentina, no lea “La elegida…”. De todos modos, no se pierda la prosa elegante y ligera de Asís. Lea, ya mismo, cómprelos en una librería de usados a 50 pesos, “Flores robadas en los jardines de Quilmes” o, mejor, “Diario de la Argentina”. Conmuévase con el tipo que escribió —y está escribiendo— la Gran Novela Argentina Contemporánea.

21

Ago

Nostalgia: 50 y 50

Publicado en Semanario Búsqueda el 23/08/2007


Cada 24 de agosto los uruguayos celebran la Noche de la Nostalgia. A mí, la verdad, me tiene medio podrido el “festejo” de la memoria afectiva. Pero, en homenaje a mi adolescencia, voy a tratar de ser objetivo y evaluar pro y contras de esta celebración masiva.
La Noche de la Nostalgia vale la pena por:
1. Electric Light Orchestra. 2. Bee Gees. 3. Cat Stevens antes de convertirse al fundamentalismo. 4. Travolta y el cuello fuera de la camisa. 5. “Impactos”, el programa de Berch, que moldeó el gusto musical de toda una generación. 6. revivir la rivalidad entre Independencia y Panamericana. 7. entre los Rupenian y los Lecueder. 8. entre Sócrates y Lulo. 9. entre Ton Ton y Zum Zum. 10. entre el Elbio y el Seminario.
11. las presentaciones de las series de televisión. 12. la canción del Mercenario Joe. 13. School, del doble en vivo de Supertramp. 14. Village People. 15. Boney M. 16. Donna Summer. 17. Neil Diamond. 18. Mandy, de Barry Manilow. 19. los paquetes de simples de la disquería del Notariado. 20. las cabinas del Palacio de la Música.
21. las tardes en Harmonic, en Bulevar y Benito Blanco. 22. ABBA. 23. el disco doble de Peter Frampton y escuchar mil veces “Baby I love your way”. 24. el radiograbador Phillips gris y los casetes grabados de la FM. 25. “Hotel California”. 26. que las lentas fueran viniendo de a poco, con temas cada vez menos movidos. Ése era el momento de sacarla a bailar. 27. colarse en las fiestas de 15. 28. los equipos de audio y la bandeja que medía la velocidad. 29. escuchar “The Wall” y creer que era música progresiva. 30. “Fantasma en el paraíso”, con Paul Williams.
31. Paul Williams en el Cine Plaza. 32. “I will survive” y Gloria Gaynor cantando en Montevideo. 33. Rod Stewart, a quien veíamos como el más audaz y transgresor. 34. KC and The Sunshine Band. 35. las letras de canciones del suplemento “Platea”. 36. The Stylistics. 37. Barry White. 38. Giorgio Moroder. 39. Brick House, de Commodores. 40. “Rappers Delight”.
41. los discos de Elton John. 42. los sábados en el Censa. 43. “Fame”. 44. “Rocky”. 45. el mundial 78. 46. la revista “Humor”. 47. Franki Valli. 48. Funkytown. 49. “Grease”, con Travolta y Olivia Newton-John. 50. el cuerpito de Olivia Newton-John.
La Noche de la Nostalgia no vale la pena por:
1. los tipos disfrazados de Travolta. 2. los tipos con peluca Africa look. 3. volver a oír hablar de Arthur Martin. 4. Arthur Martin. 5. la reunión de Karibe con K. 6. los shows de Los Iracundos que sobreviven. 7. Violeta Rivas y Néstor Fabián resucitados. 8. Lalo Fransen. 9. Nicky Jones y Johnny Tedesco. 10. Air Supply
11. Los Carpenters. 12. canciones que, cuando las escuchamos hoy, no logramos entender cómo nos pudieron gustar en otro tiempo. Por ejemplo, una que se llamaba “Gonna make you an offer you can’t refuse”. 13. los demás temas de Supertramp. 14. los disfraces de Village People. 15. los LP de Boney M. 16. las canciones de “Saturday Nigh Fever” que no cantaban los Bee Gees. 17. “Baby come back”, que sólo te podía gustar apretando con la más linda de la clase. 18. “Copacabana” de Barry Manilow. 19. comprarte un paquete de diez simples pero que sólo pudieran rescatarse uno o dos, tres como mucho, pero que los demás fueran una porquería. 20. que te echaran del Palacio porque hacía cinco horas que estabas escuchando discos de garrón sin comprar nada.
21. que nadie bailara las pocas veces que alguien te dejaba ser disc jockey. 22. “Chiquitita”, de ABBA, sobre todo en castellano. 23. juntar nuevo pesito por nuevo pesito para comprar el doble de Frampton y que fuera un engaño, con sólo dos canciones buenas, las que ya conocías. 24. la sensación de soledad que generaban los que escuchaban música progresiva cuando vos todavía no la entendías. 25. que te trataran de ‘terraja’ porque te gustaban Sandro y Leonardo Favio. 26. que nadie bailara lentas contigo. 27. los colados en las fiestas de 15. 28. que en un baile en el Centro Militar no pudieras entrar porque tenías pelo largo. 29. bancarse las publicidades de las fiestas que anuncian momentos increíbles que no van a existir. 30. Paul Williams, sin contar “Fantasma en el paraíso”.
31. el concierto de Paul Williams en el Plaza, aburridísimo. 32. el día que anunciaron que Gloria Gaynor no venía. 33. los que se suben al carro y hacen fiestas de la nostalgia truchas. Hasta está la nostalgia del canto popular. 34. los empujones en las fiestas con canilla libre. 35. los borrachos que se ponen pesados. 36. los que terminan bailando arriba de la mesa con la camisa abierta y la panza al aire. 37. que nunca te hayan comprado el Levis justo en el momento justo. 38. que Giorgio Moroder hiciera demasiados temas instrumentales. 39. el tránsito en la rambla a las seis de la mañana. 40. los policías haciendo la espirometría.
41. la ropa de Elton John. 42. la carpa de la rambla que empiezan a armar diez días antes. 43. los que salen a bailar solamente esa noche. 44. los divorciados que se encuentran con los hijos. 45. acordarse del Año de la Orientalidad y de lo que no le dejaron hacer. Querer recuperar la juventud en una sola noche. 46. los escritos sorpresa. 47. las películas con tres rayas. 48. las vacaciones adelantadas del 73. 49. Anne Murray, Kenny Rogers y John Denver. 50. La vocecita de Olivia Newton-John.

15

Jul

UNA FOTO DE MI PADRE A LOS VEINTICINCO

se ríe, tiene pinta

no se imagina nada

no sabe que le esperan

una mujer histérica

un hijo maricón

un trabajo sin éxitos

una amante frígida y asmática

la madre que lo abandonó pidiéndole cariño

no se imagina todo eso porque tiene solamente veinticinco

-mi edad ahora-

y tiene la fuerza del recién llegado

la fuerza del galleguito dispuesto a todo

la fuerza del enamorado

no se imagina nada

porque está peinado a la gomina

y tiene puesta su mejor corbata

y pide que le retoquen la foto

y “de noche cuando me acuesto le rezo a la virgen de la macarena” retumba en

su cabeza

y ríe

no se imagina nada

y veinte años después

perderá esa sonrisa

(llora ahora mientras la busca en la foto)

perderá el pelo y la figura

no se imagina a sí mismo

veinte años después mirando el programa de Berugo

esperando la jubilación

esperando la paz

esperando la muerte

no se imagina nada en la foto blanco y negro con la firma de Silva

porque piensa que el mundo es suyo

piensa que le va a ir bien

que la vida es hermosa

no se imagina nada en la mirada de ojos negros tan brillantes

porque piensa que mañana va a ir a trabajar

y va a juntar dinero y a comprarse una casa

no se imagina nada

y tiene veinticinco

y asturias ya está lejos

y también las ovejas y las montañas y las lentejas y la guerra civil y el

cansancio y los churumbeles

y franco

y mañana va al baile de casa de galicia

y conoce a mi madre

(él no se lo imagina)

REGALOS DEL DIA DEL PADRE

CUANDO TENIA UN AÑO le regalé las palabras. Le decía, a duras penas, “papaetom”, así, todo junto, y él se reía con una risa abierta y franca que nunca más le volví a ver. Se reía con esa risa cada vez que me veía descubriendo cómo nombrar alguna cosa. Se reía y lo repetía, sorprendido, aprendiendo. Inventamos palabras -las inventaba yo, las balbuceaba, y él las convertía en lenguaje de uso corriente. “Queopan” era “quiero flan”, “itoea” era “palito ortega”. Lo sorprendente y lo conmovedor no era el hecho de que yo fuera descubriendo las palabras -eso lo hace, más o menos, cualquier niño. Lo sorprendente, lo conmovedor, era el modo en que él se maravillaba con todo eso, como si comenzara a descubrir el lenguaje, a vivir, conmigo. A mi madre no le gustaba esa complicidad. Lo rezongaba. “Vos no tuviste infancia”, le decía. Y era verdad: papaetom, papá Demetrio, nació y ya se tuvo que poner a trabajar allá en España. Llevaba las ovejas de un lado a otro. Recién después de 12 años en su nuevo mundo descubrió algo, alguien, que le provocara el mismo amor, la misma adoración, que sentía allá en Asturias hacia las ovejas. Algo, alguien, que le permitiera olvidarlas, que lograra que dejara de extrañarlas. Algo-alguien. Yo. Mis palabras. El primer regalo que le di el día del padre.

 

CUANDO TENIA CINCO AÑOS le regalé el orgullo. “Ese es mi hijo”, podía decir en la fiesta de la escuela, sorprendido por lo rápido y lo solo que pude aprender a leer, nervioso ante la duda: me podía equivocar, era muy chico todavía para leer tamaño mamotreto en público. Le seguí regalando orgullos antes de ponerme a pensar y decidirme a ser rebelde. Le regalé el gol que le hice a Carrozino, le regalé la primera vez que fuimos al estadio, le regalé el odio eterno a Peñarol y al baboso de Morena. Le regalé las mismas ganas de cantar en los cumpleaños familiares que le venían a él, le regalé alguna canción española, le regalé ‘de noche cuando me acuesto le rezo a la virgen de la Macarena’ cantada a dúo, medio borrachos, en la fiesta de 15 de mi prima Graciela.

 

CUANDO TENIA DIEZ AÑOS le regalé mi admiración. Cómo hacía, cómo hacía para meterme siempre la pelota en el ángulo, para dejarme tirado y muerto de la bronca. Cómo hacía, cómo hacía para trabajar tanto y para seguir siempre contento, siempre con ganas de jugar conmigo. Cómo hacía, cómo hacía para soportar los reclamos de mi madre.

 

CUANDO TENIA DOCE AÑOS le regalé las dudas. Me empecé a dar cuenta que tomaba demasiado. Por qué, me preguntaba. Qué lo convirtió del día a la noche -¿del día a la noche?- en un alcohólico que no me daba bola. Empezó a sentir que mi madre le era infiel, pero nunca le dio el ánimo para verificarlo. Nunca se lo preguntó en la cara. Cuando tenía doce años, solo una vez, de noche, me pegó una paliza. No me la olvido más. Qué fuerza que tenía. Una sola vez en la vida, porque sí, me pegó. Por mucho tiempo lo evité. No quise volver a sentir el dolor de aquellos golpes. Ese día, en la tele, daban Jaujarana. No me olvido más de la canción. Parecían haberla escrito para mí. “Si usted se siente muy solo y muy triste sin ganas de ver a la gente que existe estamos aquí para hacerlo reir. No se atormente si tiene una pena y si diariamente lo acosan problemas recuerde usted que la vida es humor”. Pero esa noche, mirando televisión entre las lágrimas, yo no podía reirme.

 

CUANDO TENIA QUINCE AÑOS le regalé la rebeldía. “No, no salís”, me decía él, “estás en penitencia”. Y yo le decía “ah no, mirá, mirá como salgo”, y salía y me cagaba en la penitencia. “Cortate el pelo, parecés una mujer”, me decía él. “Dame la plata que me lo corto”, le contestaba yo. El me daba la plata y yo me la gastaba en cualquier cosa menos en cortarme las crenchas. Quería ser hippie. Y libre. Y despreocupado. Y que Gabriela Audi me diera pelota.

 

CUANDO TENIA VEINTE AÑOS le regalé la indiferencia. Él compró, con la plata de un aguinaldo, una televisión color que todavía hoy siguen usando, y yo le dije que la televisión era alienante, que así vivían ellos, alienados, perdidos, sin conciencia. Que saliera, que peleara, que no podía entender cómo desperdiciaba así su vida. Que lo despreciaba por cómodo, por burgués, por resignado. Por ese tiempo mi padre tenía dos trabajos, y sin que yo me diera cuenta había dejado de cantar. Estaba envejeciendo. Estaba envejeciendo solo.

 

CUANDO TENIA VEINTICINCO AÑOS le regalé un poco de comprensión. Lo empecé a mirar con otros ojos. Descubrí una foto que se había sacado cuando apenas llegó desde España y le escribí un “poema”, a mitad de camino entre la rabia y la justificación. Se llamaba “una foto de mi padre a los veinticinco”.  Lo publiqué en mi primer libro. Nunca dejé que lo leyera. Por esa época volví a darle un beso cada vez que lo veía. También intenté volver a hablar con él. Pero me di cuenta que ya nos habíamos separado demasiado, que ya estábamos demasiado lejos. Sólo podíamos hablar de fútbol.

 

CUANDO TENIA TREINTA AÑOS le regalé cigarros. Me había propuesto no regalarle nada que supuestamente le hiciera mal. Pero me pregunté si a esa altura valía la pena quitarle cosas que le dieran placer. A esa edad, yo ya había entendido, también, que todo lo que te hace mal te da placer. Y le llevé cigarros, que a esa altura de su vida era lo único que quería. Cigarrillos y whisky.

 

CUANDO TENIA TREINTA Y CINCO AÑOS le regalé whisky. Seguimos sin hablar demasiado, pero cada vez que voy me pide que le tome la presión y la diabetes. Nos sentimos un poco más unidos cada vez que lo hago y que le digo ‘está bien’, ‘hoy qué comiste que la tenés alta’, ‘cuidate’.

 

TENGO CUARENTA. El tiene 71. Sé que nos queda poco tiempo, a él y a mí, para estar juntos y para disfrutarnos. A veces pienso que estaría bueno grabarlo, robarle algún recuerdo, juntar su vida, sus memorias, darles valor, no dejar que se pierdan cuando él deje de estar. Pero me contengo, no creo que sea sano mover esas heridas, hacer sangrar otra vez las cicatrices. Una sola vez pudo volver a España. En el pueblo en que se crió quedan solo nueve personas viviendo. Todas lo abrazaron cuando fue, lo recordaban, recordaban a otro, a aquel muchacho joven, travieso, lleno de vida que se perdió en el barco. El fue a rezarle a la virgen de la Macarena, le prometió que iba a volver. No va a poder cumplir la promesa. Cada vez le cuesta más caminar. De repente debería regalarle otro pasaje hasta allá, un pasaje de ida solamente, un pasaje al olvido, al retiro, a la jubilación de verdad. Un pasaje al origen, a la melancolía de los gallegos. Pero no creo que lo haga. Por lo menos, no este año. Quién sabe qué pasa con el dólar.

Soportando a las maestras / Publicado en Semanario Búsqueda 5/03/2009

Violeta, mi hija de tres años, es una fenómena. Canta, baila, salta, grita, se ríe, disfruta, sabe armar historias e inventar palabras. La televisión le enseñó mucho más de lo que le puedo enseñar yo. Sé que tanta creatividad —que ayudada por Mr. Maker y por Art Attack ha llegado también a la pintura y los colores— se va a terminar dentro de un año y pico, cuando Violeta empiece la escuela convencional. Vestida de blanca palomita, Violeta va a ingresar a un sitio donde se tratará de uniformizar su fantasía. Un sitio donde sus diferencias y sus talentos se limarán hasta que dejen de ser suyos y sean iguales a los de los demás niños. La escuela uruguaya uniformiza, cuando lo hermoso de cada persona está, más bien, en las diferencias. La maestra la obligará a cantar canciones tontas a un volumen civilizado, y a tocar el pianito de un modo determinado y no de otro, y a combinar colores de acuerdo a una paleta preconcebida. Le enseñarán que para correr está el recreo. Y que para bailar están las academias. Para eso están las maestras, che. Para democratizarnos desde la uniformidad.  

Y ahora resulta que el tono de maestrita lo vamos a escuchar a varias voces los adultos, muchas veces en el mismo informativo. Ya escuchábamos —y leíamos en Facebook— la voz de la maestra Daisy, que explicaba el tema de la violencia de género y de la privacidad en Internet y de cómo ella puede hablar de igual a igual con los planchas que se cruza por la calle en sus rondas nocturnas, cuando pasea su perra. La voz de Daisy, la maestra, explica a sus amigos internautas que la oposición es malintencionada y pone palos en la rueda, que la sociedad está como está por los gobiernos neoliberales blanquicolorados, que la inseguridad se va a solucionar tratando bien, humanamente, a los rapiñeros y aumentando los sueldos de los policías. 

A la voz de la maestra Daisy se le agrega a partir de esta semana la de otra maestra, Nora Castro. La nueva presidenta del INAU también gusta de pontificar y de dar lecciones a los alumnos-ciudadanos. Dicta clase sobre los menores fugados de hogares con nombres de casa de retiro jesuita: Hogar Puertas, Hogar Desafío. Insiste en la colectivización de la responsabilidad. “Todos somos culpables de la pobreza de estos niños. Somos responsables de sus delitos, de su marginalidad, de su adicción. Somos culpables de sus cortes, de su agresión, de sus tatuajes. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Lo dirá con enunciados con sujeto y predicado, con consejos a la población, con cartitas a los padres del alumno. Al fin y al cabo, para eso sirven las maestras. Para decirnos cómo vivir correctamente. Para señalar nuestros errores, para castigar nuestras equivocaciones, para ponernos mala nota si no aceptamos pertenecer al rebaño. 

También nos instruye y adoctrina, imposible olvidarla, la voz saludable y doctoral de María Julia Muñoz. Ella nos muestra el camino hacia la sanidad total a los ignorantes ciudadanos. Ella nos dice que las tabacaleras intentan engañarnos, que no existen los cigarrillos light, que los envases deben ser todos iguales, que el cigarrillo es siempre el mismo, que hace mal, que es dañino, que no hay que consumirlo.  

El gobierno educa, manda a la escuela a los alumnos-ciudadanos, les redacta las leyes, les dice qué mutualista les conviene y cuál es el corte de carne y el azúcar que ellos deben comprar. 

El gobierno vigila su rebaño. Lo cuida. Lo maneja. Lo guía. Lo quiere. Lo adormece. Le dice qué elegir. Le señala el camino. 

Es el chavismo, pero light. No es necesario llegar a pisotear la Constitución. Se trata sólo de lograr que la gente sienta que la libertad individual es un detalle menor e innecesario. Que el fin justifica los medios. Que el colectivo (la clase) es más importante que el individuo (el alumno). El envase de este neo-progresismo viene en colores distintos a los bolivarianos que Chávez les ordena lucir a sus súbditos. Es más light, aunque lava los cerebros de la misma manera.  

Light, como la filosofía del Pepe. Light, como los golpes de la campeona Chris Namús. Light, como los aforismos de Julio Toyos. Light, como los superpoderes de Corbo. Light, como el regreso de Los Olimareños. Light, como la nueva versión de U2, que, creyéndose más populares que los Beatles, presentaron su nuevo disco en la azotea de la BBC. Y no se tiraron al abismo, si ellos son necesarios para este mundo al mismo tiempo capitalista y progresista, proteccionista y liberal, abierto a las minorías y al diferente y a la vez cultor de pensamientos únicos y monopólicos. 

Este neoprogresismo no es patrimonio exclusivo de los orientales y del Pepe: el mundo occidental, todo, anda por los mismos caminos, se encandila con las mismas estupideces colectivas. Con Obama, con Milk, con Michael Moore. Con Sting, con Susan Sarandon, con Bono, con Saramago. Con Chávez, con Evo, con el hermano bobo de Fidel. Con Fito Páez, que, justamente, esta semana toca en La Trastienda. Fito estaba anunciado para ayer de noche, pero capaz que se suspende si llega a haber pronóstico de temporal. Ahora resulta que cada vez que alguien anuncia vientos fuertes la gente se refugia en las casas, compra muchas cosas en los supermercados en una especie de psicosis colectiva, se suspenden las clases escolares. Es que las maestras nos quieren sanos, salvos, protegidos, en casa. Ellas se sacrifican y suspenden los cursos si algo nos amenaza.

 

 

19

Mayo

Vez gora San Fermín

Toda una vida esperando hacer algo sin poder realizarlo nunca. Pero un hijo decide poner el cuerpo en lugar de su padre para estar al menos una vez en el lugar que siempre soñó. Un relato del escritor uruguayo autor de la novela Estokolmo.

1
"Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín". Mi padre me lo cantaba siempre cuando yo era chico. Me sentaba en las rodillas y cantaba. Yo no quería que se terminara. Le pedía que lo repitiera. "Otra vez, otra vez", decía. Y él la cantaba de nuevo.

"Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín".

De nuevo.

Y de nuevo.

Y de nuevo.

"Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín".

Era imposible no querer escucharla otra vez. Y otra. Y otra. Ahora, que pasaron más de 40 años, sigo sin poder cantarla una sola vez. Tengo que repetirla. Es la canción más pegadiza de mi vida. Replay. Replay. Replay. La tengo cargada en el disco duro. En el I-pod de mi vida.

2
Mi padre nació en Pamplona, pero a los 16 años lo subieron a un barco y lo mandaron a vivir a Montevideo. Las Tres Marías, se llamaba el barco, y demoró tres meses en llegar. En Pamplona mi viejo dejo a Franco y a su padre que nunca conoció y al racionamiento y a sus amigos y a sus tíos. A Montevideo llegó con cuatro fotos y una estampita de San Fermín. Nunca lo dejaron correr en el encierro de los sanfermines.

Era lo que más extrañaba de su hogar. Más que a los vecinos, más que a los tíos, más que a los amigos, más que a las novias, lo que nunca pudo olvidar fueron los encierros de julio. Era su gran frustración: nunca haber corrido delante de los toros, en la calle, desafiando la muerte, celebrando la vida. Cada vez que  hablaba de las fiestas de San Fermín se le iluminaban los ojos. Cada año, cuando iba llegando julio, él se ponía a hablar del encierro con entusiasmo y emoción. Hablaba de eso que nunca pudo vivir. Y cada año se lo prometía: “no me voy a morir sin correr un sanfermín”. Pero con cada promesa se ponía un poco más viejo. Cada vez le quedaba menos tiempo. Solo se consolaba mirando la corrida en la televisión española cada vez que llegaban los gloriosos diez días de julio. No se cansaba de  escuchar la historia del santo despedazado, que ya se sabía de memoria. Ni de escuchar el mito del capotín, que dicen que salva a los que corren. Ni de escuchar y grabar en el casetero que lo acompaña desde los años 70 las canciones oficiales de cada año. Desde entonces, tiene grabados todos los jingles de cada ceremonia. Los graba en un casete especial, uno atrás del otro.

3
Hace cuatro años le dijeron que tenía cáncer. Ya se había resignado a no correr  sanfermines: casi no podía caminar. Primero le sacaron una vértebra. Después le sacaron la tiroides. Le dejaron adentro cientos de metástasis. Se va a morir muy pronto.

Un día me llamó y me dijo que había renunciado al seguro de vida. Me pidió que abriera el ropero. Que revisara entre la ropa. Que agarrara ese fajo de dinero. Eran cinco mil dólares. Me dijo que quería que fuera yo, a correr los sanfermines de ese año. Que a la vuelta le tenía que contar qué siente uno cuando corre por la calle y el toro le respira en la nuca.  Fue en mayo. Hicimos rápido los preparativos y el cinco de julio ya estaba volando a Pamplona.

Llegué el seis al mediodía, justo para el txupinazo. “¡Gora San Fermín!”, gritó el alcalde en una plaza llena de gente vestida de blanco y con pañuelos rojos. Enseguida estalló el cohete. La plaza se llenó de olor a pólvora. Y se armó el jaleo. Todos con botellas. Todos tomando y chorreando alcohol por todos lados. Todos emborrachándose y riendo y disfrutando. A las siete de tarde ya estaba todo el mundo tirado en plena calle, sin importarle nada. Yo no podía ser menos: me metí en una taberna y también me emborraché. Estaban todos alegres, borrachos y calientes. Yo no entendía demasiado: la mayoría de esas personas iban a correr al otro día, de mañana, y estaban ahí riéndose y tomando y metiéndole mano a las mujeres. “¿Por qué  hacen esto?”, le pregunté a uno. “¿No se supone que deberían estar bien descansados para el encierro de mañana?”. “Hombre”, me contestó, “mañana a esta hora puede que estemos muertos. ¡Ala, vamos, a disfrutar ahora!”. Y me invitó una copa. Decidí que iba a correr el ocho. Iba a dejar pasar un día, a mirar el primer encierro, y a jugármela la segunda mañana. Me quedaba un día y medio de vida.

4
Corrí. No me cogió el toro. Me emborraché. Antes. Y después.

5
Era de madrugada y yo seguía dando vueltas por las peñas y por las plazas de Pamplona. Me encontré, no sé cómo, en una mesa con el tipo que corrió más encierros. El más experiente. El más valiente. El más arrojado. Me lo encontré a las tres de la mañana, dado vuelta del pedo, en una taberna de la calle Descalzos. Debía llevar sentado ahí por lo menos cuatro horas. Todos lo querían invitar con un kalimotxo.

Mikel tiene poco más de cuarenta –más o menos la misma edad que yo- pero es un veterano de más de 20 encierros. No es de los que se esconde en el pelotón, de los que trata que el toro no lo vea. El va siempre con el culo a centímetros del toro, con el aliento del bicho en los riñones.

-¿Cómo hacés para seguir corriendo? ¿No te da miedo? ¿No te cansa? – le pregunté.

-Claro que da miedo, hombre. Pero es el miedo, justamente, lo que me hace correr.

Le conté lo que me había pasado a mí aquella mañana, en el encierro. Que cuando estaban a punto de abrir los portones, que cuando estaba ahí con todo el mundo esperando en la calle para correr delante del toro, las manos me empezaron a sudar, el estómago se me contrajo hasta dolerme, que las piernas se me agarrotaron al punto de hacerme creer que no podría correr.

-Es lo que me pasa a mí siempre que estoy a punto de correr, tío. La adrenalina me invade todo el cuerpo. Es eso lo que me hace ir rápido, hombre.

Seguimos hablando y tomando hasta que me arrancó la promesa de que a la mañana siguiente volveríamos a correr, esta vez él y yo juntos.

-No seas cobarde. Esta vez no te escondas del toro. El animal tiene que verte, cabrón. Y ahora, sigamos festejando. ¡Un brindis por la muerte! ¡Gora San Fermín!

Brindamos por San Fermín y por la muerte diez o quince veces más. Cuando nos fuimos, veía las callecitas de Pamplona dobles. Me trancaba en cada adoquín. No sé qué fue lo que pasó después, pero cuando me desperté estaba en el hotel, en la misma cama que Mikel, con una holandesa y una española totalmente desnudas. Qué pena, no me acordaba de nada de lo que había pasado. Faltaba media hora para el encierro.

-¡Vamos! ¡Son las siete y media!- lo desperté a Mikel.

Salimos a la calle sin bañarnos. Dejamos a las dos mujeres durmiendo. Se despertarían con el ruido. Y nos verían en el encierro desde el balcón de la habitación. Les dejamos una cartita pegada en el frigobar vacío. “Nos fuimos a correr. Aguárdennos. Regresamos por la noche”.

6
Entramos corriendo por la puerta de la plaza del Ayuntamiento. Nos dimos las manos sudorosas. “Ten cuidado cuando cojas la plaza”, fue lo último que me dijo Mikel. “No te quedes al descubierto”. Se apartó de mí y se fue contra un rincón a vomitar en plena calle. Ahí estábamos, los dos estómagos retorcidos. Y no era por el alcohol.

"¡Gora San Fermín!", gritó la multitud. Se abrieron los portones. Aparecieron los toros. Corrimos. Este encierro no tuvo nada que ver con el del otro día. Esta vez era en serio. Sentía a los toros jadeando atrás de mí. El cuerno derecho de uno de los seis bichos rozaba el riñón de Mikel. Yo iba un poco más rezagado, mirando alternadamente hacia atrás y hacia adelante. No me quería regalar ni me quería caer. No tenía la experiencia de mi nuevo amigo. Tampoco soy ningún gil, ningún suicida.

7
Volví a Montevideo el 16 de julio, después de haber gozado del último encierro y del gallego disfrazado de toro y del último trago y de la última encamada con la española y la holandesa, que se me instalaron en la pieza del hotel y no salieron más.

Apenas llegué fui a la casa de mi padre, que ya casi no podía hablar. Me acosté en su cama de dos plazas, esa cama que ya tiene el olor de la muerte, y me puse a hablar de todo lo que había vivido en Pamplona. De su viejo barrio, de sus viejos amigos, de esos que venían a abrazarme a los gritos diciendo “¡el hijo de Demetrio, el hijo de Demetrio!”, de los encierros, de Mikel, de los toros, de los muertos y los heridos de ese año en los sanfermines. “¿Te sudaron las manos?”, me preguntó

Después nos quedamos callados, compartiendo lo único que somos capaces de compartir: el fútbol por televisión. Jugaban Nacional y Defensor, el partido por la Liguilla. El que ganaba se clasificaba a la Libertadores. En el entretiempo –los dos aburridos porque iban cero a cero, o mejor dicho, nada a nada- apareció una nueva publicidad de Coca Cola. A un viejo internado en un asilo lo invitan con una Coca. “Nunca la probé”, dice, y la prueba. Y se pregunta qué otras cosas no probó nunca. Y sale corriendo a recuperar todo lo perdido, o lo no conocido. Se tatúa. Se acuesta con dos minas. Le dice a una mujer que siempre la amó. Le dice a un tipo que él es su verdadero padre. Se tira de un trampolín altísimo. Corre en moto. Y va a los sanfermines. Después que pasa el aviso –un minuto y medio en su versión más larga- mi padre está llorando. El hizo en la vida más cosas de las que parece que hizo. Pero recién pudo correr los sanfermines ahora, al borde de la muerte, gracias a mí y a mi relato. Lloramos los dos. Y él, con un hilo de voz, entrecortado, se puso a cantar otra vez, entre risas y lágrimas: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio, San Fermín”. Otra vez, le pedí, cantámela otra vez. Y volvió a cantármela. Y otra vez. Y otra. Y otra.

Mis vidas como ex

Ex hijo

Después de que la doctora me dio la noticia me fui llorando por la calle Rivera. Fue hace dos años, y fue la verdadera despedida de mi padre. Aunque al final demoró en morirse, ése fue el real momento de la pérdida. “Vamos a abandonar el tratamiento”, me dijo la tipa. “El cáncer ya avanzó por todo el cuerpo. Cualquier cosa que hagamos va a ser inútil”. Le pregunté cómo seguíamos. “Dolores óseos. Fracturas. Incapacidad para moverse. Muerte”. Se notaba que yo no le caía simpático a la doctora. Me lo decía todo así, sin anestesia, con una fingidísima amabilidad demasiado sobreactuada. Hasta parecía que se sonreía. No estaba tratando de consolarme. Estaba disfrutando. Siempre me pasan este tipo de cosas. Es como que genero este tipo de reacciones. Unos minutos antes que naciera mi hija Violeta, la neonatóloga me miró con cara de vampira y me dijo: “Ahora me voy a vengar de todas las veces que me hiciste enojar”. A la hija de puta le molestaban las cosas que decía por televisión. “Es igualita al padre, pobre”, dijo al ver a la bebé. El mundo está lleno de hijas de puta.

Mi padre no sufrió dolores óseos ni fracturas, como decía la doctora al borde del orgasmo. Simplemente, se fue apagando. Dejó de reírse, dejó de cantar, dejó de oír, dejó de caminar. De a poco se fue olvidando de las cosas. Terminó en una cama, sin poder hacer nada. Pasamos tres semanas en terapia intensiva, recibiendo informes diarios de los médicos que no sabían por qué carajo seguían prolongándole la vida. “Tiene edema de pulmón”. “No, no tiene edema, tiene una infección”. “Una infección muy resistente a los antibióticos”. “No hay modo de combatirle la diarrea”. “Está sedado”. “Tiene necrosis intestinal”. “Vayan preparándose para lo peor”. Te lo dicen todo como si ellos supieran, de verdad, qué es lo peor.

La muerte en la terapia intensiva tiene una ventaja respecto a las demás muertes: uno se acuerda, exactamente, cómo fue la última vez que vio con vida al otro. La última vez que vi a mi padre vivo lo que más me impresionó fueron las llagas que tenía en las comisuras de los labios. “Son hongos provocados por el respirador”, me dijo la enfermera. Me impresionaron las ganas que tenía de comunicarse conmigo, de decirme algo. Intentó que le leyera los labios y no pude. Me pidió una lapicera y un papel, pero no logró escribir nada coherente. Cuando me iba, le di la mano y él no me la soltaba. Al otro día, cuando lo fui a ver, ya estaba inconsciente, sedado, “grave”. Pero me consuelo, pensando que puedo acordarme de esa última vez. Ahora mismo tengo un amigo, Alejandro, que estaba bailando en un boliche gay, borracho y rezarpado, y le dio un derrame cerebral que lo tiene internado en una terapia intensiva de Buenos Aires, en uno de esos hospitales que tienen nombre de personalidad famosa, Fernández o Garrahan o González o Perón. Mi amigo se está muriendo –por lo menos se está muriendo una mitad de su cuerpo– y yo no logro recordar cuándo fue la última vez que lo vi. ¿Fue en el estreno de Aniceto, la película de Leonardo Favio? ¿O en el concierto de Jean-Luc Ponty? ¿O en bolas, en el sauna? No me acuerdo. Tendría que haberlo visto en terapia intensiva.

Seguro que me acordaría.

Mi padre se murió el 9 de octubre de 2009. Lo enterraron en la tumba 1113. Cuando salí del cementerio, entré en un quiosco y le jugué a la quiniela. No gané nada.

Buscando coincidencias estúpidas, me acordé que desde el 9 de abril de ese año yo no pruebo una línea.

Ex amigo

Adrián me mandó un mail. Que lamenta la muerte de mi padre. Que sabe cuánto lo quería. Pero con Adrián ya no vamos a volver a ser amigos. Lo decidió él. Yo suelo traicionar a mis amigos, pero ellos, como son amigos, generalmente entienden que eso es parte de mi carácter. Que es mi condición. Que soy un amable traidor. Adrián, que es un monje, jamás toleró ser traicionado. ¿Qué quería, que le fuera fiel toda la vida? Todos saben que soy, esencialmente, un tipo infiel. Mis amigos, mis novias, mis amantes, mis jefes, mis editores, saben que, tarde o temprano, los voy a terminar cagando. Y me aceptan así. No pretenden cambiarme. Adrián, como es un monje, solo hace amistad con otros monjes. Y, ya se sabe, un tipo que aparece en la televisión nunca va a ser un monje. Siempre estará sujeto a tentaciones. Lo que Adrián se olvidó es que las tentaciones son lo más sabroso de la vida. Los Cadillacs cantando para vos.

Ex adicto

9 de abril. Seis de la tarde. Estaba en casa de mis viejos. Le había preparado los remedios a mi padre. Como todas las tardes, esperé a Martín, mi motor psico por aquella época. Apenas me dejó la bolsa y se fue, me serví un gramo entero, de una, sin repetir y sin soplar. Quedé como Juan Castro, pero me faltaba el balcón. Rabioso, sacando espuma por la boca, a medio vestir, salí corriendo por la calle, sintiendo que me perseguían. No tenía dónde ir, por todos lados me estaban persiguiendo. El mundo, todo el mundo, se movía contra mí. No me podía escapar. Me perseguían. Me estaban alcanzando.

Nunca me di cuenta en qué momento la merca me dejó de provocar placer. Seguramente fue una cosa progresiva. Pero la euforia del principio dio paso, poco a poco, a una paranoia bastante jodida. Vivía mirando para atrás. Vivía comprobando si las puertas estaban bien cerradas. Vivía mirando por la ventana, esperando el momento en que de una puta vez esos tipos se decidieran a entrar y me mataran.

Aquella tarde, la de la terapia intensiva, el 9 de abril, me metí en un supermercado. Los tipos que me perseguían se movían entre las góndolas. Me querían agarrar. Estaba desesperado. No sabía por qué no me agarraban de una vez y me mataban y se dejaban de joder. Me tenían rodeado. Estaban ahí. Ahí. En la góndola de duraznos en almíbar que tiré a la mierda. En los envases de cerveza que rompí mientras gritaba. Entre las pilchas que intenté descuartizar porque ocultaban los bultos de los cuerpos de los que me perseguían. Ahí. Ahí estaban. Ahí venían a agarrarme. A preguntarme qué había tomado. A meterme en un patrullero. A llevarme al hospital.

Ahí están, mientras me llevan en el patrullero, en cada esquina deteniéndose, poniéndome una trampa, intentando matarme. Los hijos de puta no se dan cuenta que tengo una hija. No tienen piedad. Me van a matar. En esta esquina. En la próxima. Ya entramos en el hospital. Están todos disfrazados de enfermeras. Me agarran entre cuatro. Me dan una inyección. Me mataron. Al final, tenía razón de haberme puesto así de paranoico.

Ex hombre

Me despierto. Me doy cuenta de que no puedo moverme ni hablar. Tengo la boca ocupada. Me pusieron un aparato que me ayuda a respirar. Estoy en el Maciel. Resulta que cuando me llevaron a emergencia, me pusieron una bola, una inyección para dormirme y casi me pasan para el otro lado, me provocaron una reacción alérgica que no me dejó respirar. Me tuvieron que entubar y llevar a la uti. Cuando me desperté ya estaba en cuidados intermedios. Una fila de camas de un lado, una fila de camas del otro. Me desperté con los gritos de un travesti que estaba frente a mí. Lo habían cagado a palos en un pub de la Ciudad Vieja. Era la peor clase de travestis, un travesti pobre, sin guita para afeitarse ni para teñirse el pelo. Ni siquiera para comprarse una prestobarba y depilarse las piernas. Travesti quilombero, gritaba todo el tiempo. Lo que menos se bancaba era que le pusieran la sonda para mear. Le molestaba para pajearse, y si no se pajeaba el tipo no podía vivir. Estaba todo el tiempo tocándose la pija. Si no estaba gritando, haciendo bardo, el tipo estaba gimiendo de las pajas que se hacía. Por suerte me sacaron rápido de ahí, por una cuestión de seguridad. Resulta que una noche, mientras estaba durmiendo y rodeado de cables, tres cirujanos entraron a escondidas a la sala y me sacaron fotos con los celulares. Fotos al de la tele, pensaron que se las iban a vender a algún diario. Una enfermera los vio y avisó en la dirección del hospital y los tipos decidieron darme de alta, no fuera cosa que les metiera una demanda por violar mi intimidad como paciente.

Ex famoso

Apenas me dieron de alta me echaron del canal. No querían tener en su pantalla un tipo con fama de falopero. No hubo despido ni despedida. En mi lugar pusieron a una vedetita del montón. El programa se fue a la mierda. Pero la imagen del canal siguió siendo inmaculada.

Ex rehabilitado

El falso psicólogo, que no era otra cosa que un ex falopero rehabilitado, siempre me preguntaba las mismas estupideces. “¿Estás limpio?”. “¿Tomaste algo?”. “¿Estás chupando mucho?”. ¿Y qué quería que le contestara? “No, no estoy limpio, estoy dándole a la falopa como un animal”. “Sí, me tomé cinco gramos antes de venir a la sesión”. “Sí, me emborracho todos los días desde las cinco de la tarde”. Los tipos que están en el curro de la rehabilitación están tan fisurados como uno. La única diferencia es que la fisura de ellos es con la abstinencia. “Hace seis años, tres meses, dos semanas, cinco días y una hora que no tomo”. Son tan dependientes como cuando tomaban, con la diferencia de que ahora disfrutan –y sufren– un poco menos.

Ex

“Una línea en honor al muerto”. La sirvió Alfonso después del abrazo, al otro día del entierro de mi padre. No tomaba nada desde el 9 de abril. Qué nostalgia que me dio verlo abrir la bolsita, poner la falopa arriba del compacto de The Cure, armar el canuto. No fue un pegue de éstos ni de aquellos. No me volvió a dar para el lado de la paranoia, pero tampoco para el lado de la alegría. Fue como uno de esos polvos que uno se manda con una ex, uno de esos polvos de compromiso que no hacen historia, uno de esos polvos que se encajan por piedad más que por calentura. Por espanto más que por amor. En el fondo, con las ex, la pasión nunca es la misma.